Don Antonio Rojas Taboada falleció antes de 1806, lo sabemos por la fe de bautismo de Rafael Abasolo, bueno: José Antonio Rafael Mariano Longino de Jesús. En dicho documento se menciona que la madrina es doña Josefa Camargo, la mamá de Manuela y que es viuda del pueblo.
Entre 1800 y 1806 busqué, en los libros de defunciones de la Notaría Parroquial, el registro correspondiente a don Antonio Roxas Taboada, sin encontrarlo. Buscando en fechas posteriores a 1806 encontré varios registros de defunciones, donde la persona fallecida es María Josefa, española, viuda del pueblo, pero no se dan más datos, ni siquiera los apellidos. Uno de ellos es de 1814, sin poder afirmarlo creo que pudo ser la madre de Manuela Taboada.
Manuela Taboada, y deberíamos decir Manuela Antonia Basilia Roxas Taboada Camargo, nació el 15 de junio de 1786. Alguien suspicaz y malpensado, como yo, puede pensar que la Manuela Taboada que se casó con Abasolo no es esta sino la primera hija de la familia. Hasta este momento no recuerdo algún documento donde se mencione a Manuela con otro de sus nombres, pero hay un detalle que le da cierta preeminencia, desde muy pequeña, a Manuela Antonia Basilia: sus padrinos fueron José Marianao Camargo y María Juan Iriarte, a quienes advertí de su parentesco espiritual (perdón, así dicen las fes de bautismo). Las mismas personas que compartieron día y ceremonia de matrimonio con sus padres fueron los padrinos de Manuela.
En su juventud, el doctor Mora, que vivía enfrente y era ocho años menor, la describe como muy prudente y agraciada. Yo imagino que, además de prudente, era una muchacha muy activa, debe haberlo sido porque cuando tenía catorce años fue madrina de su hermana más pequeña: María Ignacia Severa de los Ángeles, que nació en 1800. Ahora bien, la misma duda razonable aplica: ¿Y si la madrina fue Manuela de la Soledad Romualda?
En 1805 Manuela se casó con Mariano Abasolo y es necesario mencionar que hubo varios Marianos Abasolo, no perdón en este caso no hay duda. Abasolo venía de una familia acomodada, no sé si tan acomodada como la Familia Roxas Taboada Camargo. En 1806 nació su único hijo, Rafael.
Volviendo al conflicto que sembré, sobre si la esposa de Abasolo fue María Manuela Antonia Basilia o María Manuela de la Soledad Romualda, encuentro que esta última era un año mayor que Mariano Abasolo. Parece más probable, sobre todo en mil ochocientos cinco, que un hombre de veintidós años prefiriera casarse con una muchacha de diecinueve años que con una mujer un año mayor que él.
El 19 de septiembre de 1810 pasó por Chamacuero el ejército insurgente. Uno de los cabecillas, un poco a regañadientes, era Mariano Abasolo. Quizá por ese motivo algunos autores consignan que entregó cuarenta mil pesos al Padre Hidalgo, de la testamentaría de Antonio Roxas Taboada. Esto cobra sentido si consideramos que Mariano Abasolo era albacea de los bienes de don Antonio. Por ese motivo, y aunque se consigne la entrega por Abasolo, Manuela trasciende como benefactora del movimiento insurgente.
Aunque he tratado de ubicar, con diferentes criterios, la importancia de esta suma de dinero, resulta complejo encontrar una equivalencia válida y, menos aún, saber el poder adquisitivo del dinero en aquellos años. Como quiera que sea, ateniéndonos a la cantidad de plata que contendrían cuarenta mil pesos, dicha aportación equivaldría hoy día a veinte o veinticinco millones de pesos. Otra referencia, que pudiera ayudar, es que, según varios de los documentos que hemos publicado en este espacio referentes a transacciones de bienes inmuebles, con trescientos pesos se podía comprar una casa, no una mansión, pero sí una casa, entonces esa cantidad equivalía al valor de ciento treinta casas, evidentemente dinero suficiente para mantener al ejército insurgente durante varias semanas.
Se sabe que Miguel Hidalgo firmó un documento en donde reconocía ese adeudo y fue hecho efectivo, cuando el centenario del inicio de nuestra independencia, y pagado a los herederos de Abasolo, por Porfirio Diaz.
No sabemos realmente si Manuela Taboada sentía simpatía por el movimiento insurgente, o si la solidaridad con su marido la llevó a esta donación, meses después, y ello sí se consignó en dos cartas que dirigió a Mariano, le pedía insistentemente que abandonara la causa insurgente y se refugiara en Filadelfia, de paso le sugería llevarse a su cuñado Pedro, Pedrillo le llama Manuela, aunque era solo dos años más joven que ella y, en ese momento, tenía veintidós años.
Abasolo no hizo caso, o consideró innoble renunciar a la causa. Fue capturado en Acatita de Baján y enviado a Chihuahua donde se le juzgó. Lejos de reprocharle, Manuela hizo todo lo que estaba a su alcance para salvar a su marido de la pena de muerte. Para ello fueron de mucha utilidad los testimonios que pudo recabar de las diferentes personas que Abasolo salvó, cuando Miguel Hidalgo desquitaba sus frustraciones con la población civil de españoles peninsulares, muy destacadamente en Guadalajara.
Abasolo no fue condenado a pena de muerte, a diferencia de la mayoría de los caudillos de esta primera etapa, fue condenado a destierro y falleció en 1816, pero Manuela no solo ayudó a salvarlo de la pena de muerte, partió con él al destierro y, de manera atípica, le permitieron permanecer en prisión con su marido.
Manuela regresó a México y falleció en Dolores Hidalgo en 1845, a los cincuenta y nueve años de edad. Como comenta el historiador Francisco Rojas Gómez, si bien es importante su papel como benefactora del movimiento insurgente, es más meritoria la actitud humanista de Manuela Taboada, contribuyendo a salvar a muchas personas del destierro o de la ejecución, ayudando a otras en diferentes circunstancias, por encima de las ideologías de prisioneros o captores, que además variaban según el bando que estuviera en el poder.
Aquí cabe decir que cuando yo platicaba con el Dr. Groenewold e incluso con el cronista de Dolores Hidalgo, especulábamos sobre si el hijo de Abasolo y Manuela habría nacido en los tiempos que Manuela trataba de salvar a su marido o habría nacido en el barco que los llevó a España e, incluso, si habría nacido en la prisión del castillo de Santa Catalina de Cadiz. Fue una emoción muy grande hurgar en los archivos y localizar un documento que desvelaba al menos un par de incógnitas que teníamos varias personas, es emocionante porque para ello hay que haber leído otros trescientos o cuatrocientos registros. Seguramente otras personas habrán encontrado este registro, antes o después de mi búsqueda, pero parece ser que se guardaron muy bien de compartir su hallazgo.